Cuando la Fe también era hospital

Del Retablo de Isenheim a las epidemias actuales, la compasión sigue siendo parte esencial de la medicina.
“Compasión significa padecer con el otro”
Papa Francisco
Hay dolores que atraviesan los siglos. Cambian los nombres de las enfermedades, cambian los instrumentos médicos, cambian los idiomas de la ciencia, pero el miedo de una persona enferma sigue pareciéndose demasiado al de otra persona enferma de hace quinientos años.
Eso lo sentimos frente al “Retablo de Isenheim”, en Colmar. No fue una obra pensada para un museo ni para turistas con cámara en mano. Fue creada para un hospital. Para un lugar donde llegaban hombres y mujeres con el cuerpo roto, la piel marcada, las extremidades dañadas y la mirada de quienes ya no saben si buscan cura, consuelo o simplemente compañía.
Aquellos enfermos eran atendidos por los Antoninos, una orden religiosa que cuidaba a las víctimas del llamado fuego de San Antonio. Hoy sabemos que muchas de esas tragedias estaban relacionadas con el ergotismo, una intoxicación causada por el consumo de pan contaminado con el cornezuelo del centeno. Pero ellos no lo sabían. No tenían microscopio, ni laboratorios, ni antibióticos, ni sistemas de vigilancia epidemiológica. Tenían dolor. Tenían hambre. Tenían miedo. Y muchas veces, lo único que encontraban era una puerta abierta en un monasterio.
Por eso el Cristo pintado por Matthias Grünewald estremece tanto. No es un Cristo distante, limpio, perfecto. Es un cuerpo herido. Tiene la piel lastimada, las manos contraídas, los pies deformados, la carne vencida por el sufrimiento. Para quienes lo miraban desde una cama de hospital, aquella imagen no era una explicación médica. Era algo más elemental: una forma de decirles que no estaban solos.
Cuando la ciencia todavía no sabía nombrar la causa, la fe hacía de hospital. Daba techo, pan, ungüentos, oración, silencio y compañía. No siempre curaba, pero recibía. En medio de la ignorancia sanitaria de la época, esa compasión era también una medicina.
Cinco siglos después, deberíamos sentirnos muy lejos de Isenheim. Y, sin embargo, el nuevo brote de ébola en la República Democrática del Congo nos obliga a reconocer que no lo estamos tanto. La Organización Mundial de la Salud ha advertido de que la transmisión avanza más rápido que los esfuerzos de control. En cien días se han reportado más de cinco mil quinientos casos confirmados y más de dos mil seiscientas muertes. El brote ya alcanza seis provincias y registra cerca de noventa casos diarios.
No es la Edad Media. No es el fuego de San Antonio. No es el mismo enemigo. El ébola es un virus grave, transmitido por contacto con fluidos corporales, y este brote ocurre en una región marcada por conflicto, desplazamientos, pobreza, desconfianza e infraestructura sanitaria insuficiente. Pero hay algo que sí se repite: la enfermedad se vuelve más cruel cuando encuentra comunidades abandonadas.
En Isenheim, el pan contaminado entraba al cuerpo antes de que alguien pudiera identificar el hongo. En el Congo, el virus avanza donde faltan caminos seguros, equipos médicos suficientes, laboratorios oportunos, comunicación comunitaria y confianza en la autoridad.
Antes faltaba ciencia. Hoy tenemos ciencia, pero muchas veces falta lo que permite que la ciencia salve vidas: presencia, presupuesto, organización, sensibilidad y justicia.
La humanidad ha logrado avances extraordinarios. Podemos secuenciar virus, desarrollar vacunas, montar unidades de aislamiento, compartir alertas internacionales y diseñar protocolos de emergencia. Pero un brote sigue siendo capaz de desnudarnos nuestras fragilidades. Donde el Estado llega tarde, el virus llega primero. Donde la comunidad no confía, la respuesta sanitaria se debilita. Donde la pobreza obliga a elegir entre sobrevivir hoy o protegerse mañana, la epidemia encuentra camino.
No se trata de sembrar pánico. El ébola no se transmite como un virus respiratorio común y no debe considerarse una amenaza inmediata para la extinción humana. Pero tampoco conviene minimizar la advertencia. La especie humana está en riesgo por la soberbia de creer que una epidemia lejana no nos concierne. Por la indiferencia ante los sistemas de salud frágiles. Por olvidar que toda enfermedad, cuando toca a los pobres, suele avanzar con menos titulares y más muertos.
El Retablo de Isenheim sigue vigente porque nos recuerda una obligación sencilla y profunda: mirar al que sufre. No como número. No como estadística. No como daño colateral de una geografía distante. Mirarlo como persona. Cuando la fe también era hospital, los antoninos ofrecían lo poco que tenían. Hoy estamos obligados a ofrecer mucho más: salud pública sólida, cooperación internacional, vigilancia epidemiológica, protección del personal sanitario, comunicación honesta y medicamentos que lleguen antes que el funeral.
La pregunta no es si hemos avanzado. Claro que hemos avanzado. La pregunta es por qué, después de tantos siglos, todavía permitimos que demasiados seres humanos enfrenten la enfermedad como en Isenheim: con miedo, con dolor y esperando que alguien convierta la compasión en un sistema. ¿Usted qué piensa?
Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba August 29, 2026
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