“La solución está en luchar y moverse” Rafael Nadal
En los hospitales vemos tumores en pulmón, mama, colon, piel o hígado, aunque casi nunca observamos cáncer que se origine en el corazón. Llama la atención que el miocardio esté muy bien irrigado y que por él circule todo el volumen de sangre del organismo, incluida aquella que transporta células malignas procedentes de otros órganos. Un estudio reciente, publicado en la revista Science, propone una explicación inesperada y sugerente. El latido cardíaco y la fuerza física que genera parecen actuar como un freno natural frente al crecimiento de distintos tipos de cáncer.
El trabajo se realizó en modelos animales y en tejidos cardíacos humanos. La investigación muestra que la carga mecánica, entendida como la presión y el estiramiento rítmico presentes en cada contracción del corazón, limita la proliferación de células tumorales. Cuando el esfuerzo del tejido disminuye o se mantiene bajo, las mismas células que antes permanecían controladas comienzan a multiplicarse más rápidamente.
El equipo internacional inyectó diferentes tipos de células cancerosas en corazones de ratón sometidos a carga normal y en otros sometidos a un esfuerzo mecánico menor. En los corazones que latían con normalidad, los tumores apenas crecieron. En cambio, cuando el tejido presentó poca tensión, las masas tumorales ocuparon una superficie significativamente mayor. Resultados similares se observaron en tejidos cardíacos humanos cultivados en laboratorio, estimulados para contraerse de manera rítmica. Los fragmentos que “latían” mostraron una división celular mucho menor que la de los que permanecieron estáticos.
El análisis molecular aportó más pistas. Bajo tensión mecánica, las células malignas modificaron la forma de sus núcleos y compactaron su ADN con mayor intensidad. La actividad de los genes relacionados con el crecimiento y la división celular se redujo notablemente. Entre los actores clave, destacó la proteína Nesprin-2, encargada de conectar el núcleo con el esqueleto interno de la célula y de transmitir las fuerzas físicas al material genético. Cuando los científicos desactivaron Nesprin-2, las células tumorales dejaron de percibir el esfuerzo del latido cardíaco y recuperaron su capacidad de crecer, incluso en un corazón en pleno movimiento.
Mientras el corazón parece protegido por su propio movimiento, el resto del organismo no cuenta con una defensa equivalente. En México, el cáncer es una de las principales causas de muerte y representa una carga considerable para las familias y el sistema de salud. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en 2024 se registraron más de 95 mil defunciones por tumores malignos en el país, lo que sitúa al cáncer entre las tres principales causas de mortalidad. La mayor parte de estas muertes se relaciona con de mama, próstata, colon, hígado y pulmón, que concentran la mayoría de losfallecimientos por cáncer en la población adulta.
En las bases de datos de mortalidad, los tumores primarios del corazón se registran como eventos excepcionales, lo cual coincide con la rareza observada en registros internacionales y en modelos experimentales. La pregunta ya no se centra solo en por qué ciertos órganos desarrollan cáncer, sino también en qué hace que otros tejidos resulten tan poco “hospitalarios” para las células malignas. El corazón se perfila como el ejemplo más extremo de esta resistencia.
El hallazgo no significa que podamos curar el cáncer únicamente a través del movimiento o la actividad física. Sin embargo, abre una vía innovadora para diseñar tratamientos complementarios. El grupo de investigación ya prueba dispositivos que comprimen rítmicamente tumores superficiales para imitar la carga mecánica del corazón y evaluar si esa estrategia limita su crecimiento. En paralelo, se exploran medicamentos que activen las mismas vías celulares que se activan cuando el tejido está sometido a tensión. El objetivo consiste en reproducir el efecto protector del latido mediante intervenciones farmacológicas o tecnológicas bien controladas.
Para un país como México, donde el cáncer ocasiona decenas de miles de defunciones cada año, este tipo de estudios refuerza la necesidad de invertir en investigación traslacional que vincule cardiología, oncología, bioingeniería y salud pública. Comprender cómo un órgano logra mantenerse casi libre de tumores puede inspirar nuevas terapias menos tóxicas y más eficaces para las y los pacientes. El corazón, durante mucho tiempo símbolo de la vida y las emociones, se revela ahora también como aliado silencioso en la lucha contra el cáncer y como modelo para repensar la manera en que enfrentamos esta enfermedad.