Vacunas perdidas, cáncer anunciado en el 8M

La caída en la vacunación contra el VPH no solo compromete la salud de niñas y niños: también eleva el riesgo de cáncer, aumenta el gasto familiar y exhibe el alto costo social de abandonar la prevención.

"Niñas sin vacuna, gobierno sin excusa"

A un día del 8 de marzo, conviene recordar que hablar de la salud de la mujer no es hablar

sólo de hospitales o de estadísticas clínicas: es hablar de justicia, de oportunidades y también

de economía. Cuando una niña no recibe una vacuna a tiempo, cuando una adolescente queda

desprotegida por fallas del sistema o cuando una mujer enfrenta un cáncer que pudo haberse

prevenido, el daño no termina en el consultorio; se traslada al ingreso del hogar, a la

productividad, al gasto de bolsillo y, muchas veces, a la estabilidad completa de la familia.

Defender la salud de las mujeres es también defender su derecho a estudiar, trabajar,

emprender, cuidar y vivir sin que una enfermedad prevenible las expulse de su proyecto de

vida.

Por eso, en el "poder del dinero", el tema del virus del papiloma humano (VPH) debe

traducirse en el lenguaje que mejor desnuda la magnitud del problema: el costo de no

prevenir. La vacuna contra el VPH cuesta poco frente a lo que cuesta un cáncer cervicouterino

avanzado: cirugías, quimioterapia, radioterapia, incapacidades, pérdida de productividad y,

en demasiados casos, endeudamiento y ruina familiar. Si México dejó caer la cobertura de

vacunación y permitió que generaciones enteras de niñas quedaran fuera de una protección

oportuna, entonces no sólo falló la política sanitaria: también se tomó una de las peores

decisiones económicas posibles.

En México, el abandono de la vacunación contra el virus del papiloma humano (VPH) no fue

un accidente: fue la consecuencia de un gobierno que desmanteló capacidades, dejó de

comprar las vacunas, subejerció recursos autorizados (más de 44 mil millones de pesos) y,

en los hechos, canceló la política preventiva que durante años protegió a millones de niñas.

La infección por el VPH es muy frecuente y se transmite por contacto sexual y por contacto

directo con la piel y las mucosas. Afecta a mujeres y hombres, y puede permanecer silencioso

durante años. Pero cuando persiste, abre la puerta a enfermedades graves, como el cáncer

cervicouterino, el cáncer anal, el cáncer de pene, el cáncer de orofaringe y las verrugas

genitales. No estamos hablando de un problema menor; estamos hablando de cáncer

prevenible.

Lo más grave es que el país sí sabía qué hacer. Existían evidencia científica, experiencia

institucional y una ruta de prevención basada en la vacunación, la detección oportuna y las

campañas escolares. Pero llegó un gobierno de Morena obsesionado con destruir lo que

funcionaba, incluso en nombre de una mal llamada austeridad republicana. Y esa austeridad

mal entendida terminó golpeando a las niñas mexicanas.

Las cifras evidencian el alcance del fracaso. De acuerdo con la ENSANUT 2022, sólo 43.7%

de las adolescentes refirieron haber recibido la vacuna contra el VPH. Y entre las niñas de 10 años, la cobertura fue de apenas 14.8%; en otras palabras, sólo una de cada diez recibió

protección en la edad en la que debió haber sido vacunada. Ése no es un dato técnico: es una

sentencia sobre la irresponsabilidad del Estado.

Llegamos a este punto porque se interrumpieron las campañas, se relajó el trabajo preventivo

en las escuelas, hubo desabasto de vacunas, mala planeación y una alarmante incapacidad

para convertir el presupuesto en una protección real.

Y mientras el gobierno se refugia en discursos, el VPH sigue circulando y el cáncer

cervicouterino sigue cobrando vidas. Y además persiste una visión atrasada que presenta este

problema como si sólo concerniera a las mujeres, cuando hoy está plenamente demostrado

que también pone en riesgo a los hombres. Por eso resulta inaceptable que todavía no se

asuma, con toda claridad, una política pública de vacunación universal contra el VPH para

niñas y niños.

Vacunar sólo a las niñas fue, durante años, una estrategia inicial. Mantener esa limitación

pese a la evidencia actual es una renuncia política. Si el virus afecta a ambos, el Estado debe

protegerlos. Lo contrario perpetúa una política incompleta, desigual y sanitariamente

insuficiente.

No podemos seguir aceptando gobiernos que recortan la prevención y luego administran las

consecuencias. No podemos permitir que, por dogma presupuestal, improvisación

administrativa o indolencia burocrática, se condene a nuevas generaciones a enfermedades

que sí pueden evitarse. La verdadera responsabilidad pública no consiste en presumir de

ahorro, sino en impedir muertes prevenibles.

Por eso hoy mi llamado es doble. Al gobierno, a que abandone la mezquindad, reponga las

coberturas, garantice el abasto y establezca de una vez por todas la vacunación universal

contra VPH para niñas y niños. Y a las familias: que no esperen a que el gobierno esté a la

altura; que revisen sus cartillas de vacunación y lleven a sus hijas y a sus hijos a vacunar.

Porque cuando un gobierno falla en prevenir, la sociedad tiene que reaccionar. ¿Usted, qué

opina?

Dr. Éctor Jaime 

Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba 7 de marzo de 2026
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