Tu espalda habla de cómo vives

Una reflexión médica y social sobre la lumbalgia, la higiene de la columna y los hábitos cotidianos que pueden prevenir el dolor, la discapacidad y la pérdida de calidad de vida.

"La postura también cura"

No sé cuántos lectores se asomarán hoy a esta columna en el periódico AM, en días en que el Mundial de fútbol acapara sobremesas y pantallas. Pero sospecho que, aun entre goles, habrá más de uno que, al levantarse, sintió ese jalón en la espalda, esa punzada o esa rigidez que ya aprendió a disimular.

A veces la espalda no grita: susurra. Primero molesta. Luego obliga a levantarse despacio. Después impide cargar una caja, agacharse con confianza o tomar en brazos a un nieto sin miedo a “tronarse”. Lo digo también en primera persona: ya pertenezco a ese grupo de abuelos que piensa dos veces antes de hacer ciertos movimientos. El dolor de espalda y la mala postura no son simplemente señales de que “ya nos estamos haciendo viejos”. Es una epidemia silenciosa que cruza oficinas, escuelas, fábricas, comercios, hogares y líneas de producción.

Los estudios globales de carga de enfermedad del Instituto de Métrica y Evaluación de la Salud —IHME— muestran que el dolor lumbar está entre las tres primeras causas de años de vida sanos perdidos por discapacidad en México. Cerca de 4 de cada 100 años vividos con discapacidad en nuestro país se deben a este problema. Dicho sin rodeos: mucha vida se nos va viviendo con dolor.

Y el dolor crónico no solo duele. También roba el sueño, la paciencia, la movilidad, la independencia y el ánimo. Una espalda enferma puede impedir que una madre cargue a su hijo, que un trabajador cumpla su jornada, que un maestro termine hecho nudo, o que un adulto mayor conserve su autonomía.

En México, los trastornos musculoesqueléticos ocupan el segundo lugar en carga de enfermedad, medida en años vividos con discapacidad, y, entre ellos, el dolor lumbar es el gran protagonista. Se estima que cerca del 30% de la población mexicana padece lumbalgia crónica, lo que equivale a unos 28 millones de personas. El IMSS ha reportado más de 300 mil consultas por lumbalgia en un año y la reconoce como una causa frecuente de rehabilitación e incapacidad temporal. En pocas palabras: el dolor de espalda está vaciando empresas, escuelas y hogares, pero lo hace sin escándalo y, muchas veces, sin un diagnóstico oportuno.

Guanajuato no es la excepción. Somos un estado industrial y de servicios, con personas en líneas de producción, transporte, comercio, manufactura, atención al público y en labores de oficina. Sabemos que el dolor de espalda se asocia con labores exigentes, movimientos repetitivos y largas horas frente a pantallas sin ergonomía.

A eso se suma una realidad social en la que más de la mitad de las mujeres guanajuatenses no tienen acceso a la seguridad social. Sin seguridad social, la detección temprana y la rehabilitación se vuelven cuesta arriba. Entonces muchas personas aguantan: por miedo a perder el empleo, por no quedar mal, por no gastar en consulta o por creer que “ya se pasará”. Pero lo que se deja avanzar, después cuesta más.

Y el problema no empieza a los 50 años. Empieza mucho antes. En escolares y universitarios mexicanos ya se observan hombros caídos, cabeza adelantada, curvaturas aumentadas de la columna y dolor asociado al uso prolongado de pantallas, a mochilas pesadas y a la poca actividad física. Estamos formando una generación que podría llegar a la edad productiva con la espalda cansada.

La buena noticia es que aquí sí hay margen de acción. No todo depende de un quirófano, una resonancia o un medicamento. La higiene de columna empieza en lo cotidiano: sentarnos mejor, levantar peso con técnica, hacer pausas activas cada 45 o 50 minutos, fortalecer el abdomen y la espalda, ajustar la silla y la pantalla, caminar más y vigilar el peso de las mochilas escolares.

No se trata de vivir tiesos como soldados, sino de aprender a movernos con inteligencia. La columna no fue hecha para el sedentarismo perpetuo ni para el abuso reiterado. Fue hecha para sostenernos, protegernos y permitirnos movernos.

Por eso, mi invitación es sencilla: escuchemos a nuestra espalda. Si ya duele, no lo normalicemos. Si el dolor baja a la pierna, hay pérdida de fuerza, fiebre, antecedente de cáncer, traumatismo o pérdida de control de esfínteres, busquemos atención médica de inmediato. Y si todavía no duele, mejor: este es el momento ideal para cuidarla.

La columna sostiene nuestro cuerpo. Pero nuestras decisiones de cada día —cómo trabajamos, descansamos, cargamos, caminamos y educamos a nuestros hijos— son las que, en realidad, sostienen nuestra columna vertebral. Porque aunque no siempre la escuchemos, la espalda habla. Y muchas veces nos dice, con dolor.

Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba 13 de junio de 2026
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