Leche y lácteos en la vida adulta: ¿ángeles o demonios?

Lo que dice la evidencia científica más reciente sobre el consumo de leche y productos lácteos en adultos y su impacto real en la salud cardiovascular, metabólica y ósea.

"La ciencia es el gran antídoto contra el veneno del entusiasmo y la superstición." Adam Smith

Durante años, la leche y los productos lácteos fueron convertidos en villanos de la nutrición. Se les acusó de provocar obesidad, enfermedades cardiovasculares, diabetes e incluso cáncer. En muchos círculos urbanos “informados”, dejó de ser socialmente aceptable pedir un vaso de leche o un yogur sin recibir ninguna mirada de reproche. Pero la ciencia avanza, acumula datos y, en ocasiones, nos obliga a replantear prejuicios. Eso es justamente lo que muestra una revisión de enorme alcance, publicada en enero de 2026 en el European Journal of Clinical Nutrition, de Saskia Akyil y colaboradores, del Instituto de Medicina Nutricional de la Universidad Técnica de Múnich - https://bit.ly/46xeS10 -.

Este trabajo no fue un estudio aislado, sino un mapa de casi todo lo investigado en la última década sobre el consumo de lácteos en adultos y la salud. El equipo estudió 95 revisiones sistemáticas y metaanálisis que, a su vez, incluyen cientos de estudios de cohorte, ensayos clínicos y análisis de datos de millones de personas de distintos países. En total, evaluaron 281 asociaciones entre la ingesta de leche, yogur, queso y lácteos fermentados y 29 desenlaces de salud: enfermedades cardiovasculares, múltiples tipos de cáncer, peso corporal, mortalidad, diabetes tipo 2, salud ósea y articular, y función cognitiva, entre otros.

El resultado global es sorprendente para quienes siguen pensando que “lo lácteo hace daño”: en casi la mitad de las asociaciones no se encontró ni beneficio ni perjuicio claros, y en más de un tercio, los lácteos se vincularon con una reducción del riesgo de enfermedad. Solo una fracción muy pequeña de los análisis mostró un aumento de riesgo.

Un área clave es la salud cardiovascular. La revisión muestra que el consumo total de lácteos se asocia, en la mayoría de los estudios, con un menor riesgo o, al menos, con laausencia de daño en enfermedad coronaria, evento vascular cerebral e hipertensión. Más aún, cuando se miran productos específicos como el yogur y los lácteos fermentados, el perfil se vuelve particularmente favorable: quienes los consumen de manera habitual tienden a presentar menos diabetes tipo 2 y mejores indicadores cardiometabólicos. La vieja recomendación de incluir una o dos porciones de lácteos al día, especialmente los fermentados, parece contar con un respaldo considerable. 

En cuanto al peso corporal, la evidencia desmonta otro mito. No se observa una relación consistente entre el consumo de lácteos y un mayor riesgo de sobrepeso u obesidad; de hecho, algunos análisis sugieren un efecto protector modesto. Es importante subrayar que no se trata de lácteos azucarados y ultraprocesados, sino de productos como leche, yogur natural y quesos en porciones razonables, insertos en una dieta equilibrada.

 

Otra sorpresa de esta gran síntesis es lo poco que se ha estudiado con rigor el papel de los lácteos en la salud ósea de las personas adultas. Muchos trabajos se enfocan en el calcio como nutriente o en suplementos, más que en alimentos específicos. Aun así, los datos disponibles apuntan a que incluir lácteos en un patrón alimentario saludable contribuye a cubrir los requerimientos de calcio, proteínas y vitaminas esenciales para mantener huesos y músculos en mejor estado a lo largo del envejecimiento. 

Hay implicaciones prácticas para usted, estimado lector. Primero, vale la pena revisar los prejuicios. La revisión de Akyil y su equipo no fue financiada por una marca de leche ni se limitó a un pequeño grupo de pacientes, sino que fue un esfuerzo académico que integró la mejor evidencia disponible de múltiples países y diseños de estudio. Y su mensaje central es claro: en adultos sanos, los lácteos pueden ser parte perfectamente compatible e incluso beneficiosa de una alimentación equilibrada.

Segundo, que no todos los lácteos son iguales. Si queremos aprovechar lo mejor de este grupo de alimentos, conviene priorizar la leche simple, el yogur natural y los lácteos fermentados, moderar los quesos muy grasos y salados, y ser cautelosos con bebidas y postres lácteos cargados de azúcar.

Tercero, que el debate serio sobre nutrición no puede reducirse a los “buenos” contra los “malos” del plato. La misma ciencia que impulsa con fuerza la lactancia materna en los primeros años de vida también nos dice que, más adelante, un vaso de leche o un tazón de yogur no es un pecado nutricional, sino, en muchos casos, un aliado discreto para cuidar el corazón, el metabolismo y la calidad de vida.

Quizá ha llegado el momento de reconciliarnos con la leche y los lácteos: ni ángeles perfectos ni demonios metabólicos, sino alimentos valiosos que, consumidos con medida e inteligencia, pueden volver a ocupar un lugar razonable en nuestra mesa. Tome usted, estimado lector, decisiones informadas.

 

Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba 28 de febrero de 2026
Compartir
Etiquetas
Archivar
Cartilla electrónica de vacunación en México
Vacunas, salud digital y justicia sanitaria: por qué México necesita una cartilla electrónica de vacunación ya