"Caminar es la mejor medicina del hombre" Hipócrates
3 de octubre de 2026por
Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba
Hace algún tiempo escribí en estas páginas sobre el valor de cuidar la salud fuera de la “Matrix”: esa idea equivocada de que la salud se produce únicamente en el consultorio, el hospital, el laboratorio o en la receta médica. Hoy, un informe reciente del McKinsey Health Institute —https://bit.ly/4hCmRhM— vuelve a poner el tema sobre la mesa con una cifra que obliga a mirar más lejos: si lográramos modificar los principales riesgos prevenibles —conductuales, metabólicos y ambientales—, el mundo podría ganar hasta 12 años de vida saludable al nacer para 2050. No se trata sólo de vivir más; se trata de vivir mejor, con autonomía, energía, vínculos y propósito.
La cifra puede parecer lejana, incluso abstracta. Pero pensemos en lo cotidiano: una abuela que puede caminar con sus nietos sin dolor; un padre que conserva la fuerza para trabajar, jugar y acompañar; una joven que duerme bien, se alimenta mejor y no ve comprometido su futuro por una enfermedad prevenible; una persona mayor que mantiene su independencia, memoria, movilidad y ganas de participar en su comunidad. Ésa es la verdadera medida del progreso.
Durante décadas, hemos centrado gran parte de la conversación pública en curar enfermedades. Es indispensable hacerlo. México necesita hospitales dignos, medicamentos oportunos, personal de salud suficiente y servicios que no abandonen a nadie. Pero la medicina, por sí sola, llega tarde cuando las condiciones de vida empujan diariamente hacia la enfermedad. No basta con ampliar la atención si, al mismo tiempo, resulta difícil comer saludablemente, caminar con seguridad, respirar aire limpio, dormir lo necesario o encontrar espacios para convivir y realizar actividad física.
El informe identifica 23 determinantes modificables de la salud; 19 de ellos están fuera del sistema formal de atención médica. Allí están la alimentación, el movimiento, el sueño, el consumo de tabaco, alcohol y otras sustancias, el estrés, la seguridad económica, la calidad del ambiente, la interacción social y las condiciones del lugar donde vivimos, estudiamos y trabajamos. La salud no es un producto que se entrega en una consulta: es una experiencia que se construye todos los días.
Esta afirmación no pretende cargar a las personas con toda la responsabilidad. Al contrario. Nadie debería tener que realizar actos heroicos para cuidar su salud. Es injusto exigir decisiones perfectas a quien vive en una colonia sin parques, trabaja jornadas extenuantes, enfrenta alimentos saludables caros o inaccesibles, utiliza un transporte inseguro o habitaen un entorno contaminado. La libertad de elegir una vida sana también depende de que existan opciones reales para hacerlo.
Por eso, hablar del futuro de una vida sana exige pasar de los sermones a las condiciones. La opción saludable debe ser la más accesible, asequible y deseable. Debe ser posible desayunar mejor sin castigar el bolsillo; caminar o pedalear sin poner en riesgo la vida; tomar agua segura; contar con escuelas que enseñen salud mediante el ejemplo; tener centros de trabajo que respeten el descanso y promuevan el bienestar; y recibir atención preventiva antes de que aparezca la complicación.
La salud metabólica merece atención particular. El exceso de peso, la hipertensión, la glucosa elevada y otros factores de riesgo no son asuntos de vanidad ni fallas de carácterindividual. Son señales de un entorno que ha normalizado la prisa, el sedentarismo, el consumo de ultraprocesados y la falta de tiempo para cuidarnos. Los nuevos tratamientos pueden ser herramientas valiosas para quienes los necesitan, pero ninguna innovación farmacológica sustituirá una política integral de prevención, alimentación adecuada, actividad física, sueño reparador y acompañamiento clínico oportuno.
El futuro también requerirá inteligencia y sensibilidad. La tecnología puede ayudar: dispositivos que promuevan el movimiento, herramientas digitales para conocer mejor nuestros hábitos, sistemas de información que identifiquen comunidades con mayor riesgo y faciliten intervenciones tempranas. Sin embargo, la tecnología debe estar al servicio de las personas, no de la ansiedad ni de la desigualdad. Medir pasos, horas de sueño o glucosa sólo tendrá sentido si esos datos se traducen en mejores decisiones, servicios más cercanos y comunidades más cuidadoras.
Hay ejemplos que invitan al optimismo. Programas públicos que combinan incentivos, actividad física y herramientas digitales han demostrado que es posible modificar hábitos a gran escala. El informe cita el caso de Singapur, donde un reto nacional de pasos logró una amplia participación y aumentos medibles en la actividad física. La lección no es copiar mecánicamente modelos ajenos, sino entender que los cambios sostenibles ocurren cuando el gobierno, las escuelas, las familias, las empresas, las comunidades y los profesionales de la salud comparten una misma dirección. ¿Usted, qué piensa?