El día que falló la enseñanza en el IMSS

Formar médicos exige algo más que disciplina: requiere escuchar, acompañar y proteger a quienes aprenden a cuidar.

"Enseñar exige saber escuchar" Paulo Freire

Una bata blanca no debería salir a la calle para pedir tubos de laboratorio, medicamentos, jabón, espacios dignos o material básico. Debería estar junto al paciente, ya sea en el consultorio, en el quirófano o en la unidad de cuidados intensivos. Cuando médicos y residentes abandonan momentáneamente esos espacios para protestar, significa que algo se rompió antes en la escucha, la supervisión, el abastecimiento y la responsabilidad institucional.
Lo informado por el periódico AM el pasado 13 de junio, en la Unidad Médica de Alta Especialidad número 48 del IMSS en León, debe analizarse más allá de un incidente aislado. Primero se conoció la detención de un médico residente que llevaba tubos de laboratorio y heparina. Sus compañeros explicaron que ese material estaba resguardado para poder trabajar pese a las carencias del hospital. Tuvieron que manifestarse para exigir su liberación.
Días después, el personal médico volvió a protestar por la falta de insumos, personal, espacios y condiciones adecuadas para atender. Dos episodios que revelan una misma herida: cuando un hospital obliga a sus trabajadores a gritar en la calle lo que debió escuchar y resolver en sus pasillos, la crisis deja de ser solo administrativa. Se convierte en un problema ético y en un riesgo para los pacientes.
La situación apunta especialmente a quienes dirigen la enseñanza hospitalaria. Un jefe de enseñanza no es solamente quien firma constancias, autoriza rotaciones, organiza sesiones académicas o distribuye guardias. Es el responsable de proteger el proceso formativo y de garantizar que internos, pasantes y residentes de especialidad aprendan medicina en un ambiente seguro, digno y supervisado.
Los médicos residentes tienen responsabilidades clínicas reales, pero continúan siendo médicos en formación. Necesitan acompañamiento, orientación y respaldo. No pueden convertirse en mano de obra barata ni en fusibles para proteger el sistema cuando las decisiones administrativas fracasan.
En los hospitales enseñamos anatomía, fisiopatología, farmacología y técnica quirúrgica. Sin embargo, también enseñamos valores y la cultura institucional. Esa enseñanza no ocurre únicamente en las aulas. Se transmite mediante la conducta de los superiores, especialmente durante una crisis.
Si un residente es detenido y su autoridad académica se entera, las primeras preguntas deberían ser dónde está, si se encuentra acompañado, si cuenta con asesoría, si su familia fue informada y qué protocolo institucional se activó. También debe investigarse qué circunstancias llevaron a un médico en formación a transportar los materiales necesarios para atender a sus pacientes. La omisión también comunica. El silencio también educa. A veces transmite la peor lección posible: frente a una dificultad, estás solo.
Un residente aprende más sobre profesionalismo al observar a un jefe que se presenta y lo acompaña durante una crisis que al escuchar cien conferencias sobre liderazgo. Aprende que una institución puede ser exigente sin ser indiferente; que la legalidad no debe utilizarse para ocultar la precariedad y que los insumos médicos no son privilegios ni concesiones, sino condiciones indispensables para proteger vidas.
Nadie propone eliminar el rigor de las residencias médicas. La medicina exige disciplina, estudio, carácter, puntualidad, temple y responsabilidad. Pero corregir no significa humillar, exigir no equivale a abandonar y supervisar no consiste únicamente en revisar expedientes. También implica evitar que el sistema descargue sobre sus integrantes más jóvenes responsabilidades propias de la organización.
Cuando residentes y trabajadores denuncian carencias, no deben ser tratados como adversarios. Son sensores tempranos de riesgos que pueden afectar a los pacientes. Si falta material, los espacios son insuficientes o el personal está rebasado, la institución tiene la obligación de escuchar, documentar y corregir.
La enseñanza hospitalaria debe funcionar como puente entre residentes y autoridades, entre las normas y la realidad, entre la inconformidad y la solución. Una oficina de enseñanza no puede ser una ventanilla fría donde se archiven las quejas. Debe convertirse en un espacio de escucha y de actuación oportuna antes de que la desesperación llegue a la calle.
La responsabilidad es clara: documentar faltantes, elevar reportes, activar mecanismos de protección, acompañar al personal y garantizar que nadie sufra represalias por advertir sobre condiciones inseguras. La bata blanca no debería protestar para obtener lo indispensable. Pero si algún día tiene que hacerlo, el jefe de enseñanza no puede limitarse a mirar desde la ventana. Su lugar está al lado de quienes aprenden a cuidar.
Porque formar médicos no consiste solamente en graduarlos. También significa cuidarlos mientras aprenden a cuidarse. A las autoridades de esa unidad les corresponde reflexionar, capacitarse y seguir el ejemplo de empatía y servicio de su delegado; si no tienen la disposición esencial para escuchar, acompañar y educar, deben tener la dignidad de dejar el encargo.
Dr. Éctor Jaime Ramírez Barba 1 de agosto de 2026
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